jueves, 7 de junio de 2012




En el cantero... (cuento colectivo)

Dios ¿como ocurrió esto? De la noche a la mañana me convertí en un asesino. Pero yo no quería, ¿qué pasó? Con ella nos llevábamos bien ¿o no? Mi cabeza gira, da vueltas, no entiendo, ¿qué hago, dónde oculto esto? ¡Dios! ¿cuándo, cómo empezó? Esas discusiones eternas, esos celos, los míos, los de ella. Tan frágil, tan  sola, tan mía.
Cuando nos conocimos su alegría nos traspasaba, nos atrapaba y después, toda la amargura, ¡nos cubrió como una sombra. ¡Dios! No tuve mas remedio, no me quedo otra salida. Nadie tiene que saber lo que pasó.
Creo que el patio es un buen lugar. Debe desaparecer, no quedar rastro, nadie debe darse cuenta…Qué dolor tan grande! pero estaba atrapado, estábamos atrapados, nadie me va a entender… Tengo que resolverlo, no deben quedar rastros.
Ya pasó un mes, cuando preguntan les contesto que se fue, que me dejó. A la familia, que sentía nostalgia por su país, que extrañaba…Algo adentro mío no me deja en paz…y crece como una hierba mala, diría el tango.
¿Alguna vez tendré paz?

______________________________________________________________________
           
            El reloj sonó como cada mañana a las seis y en un acto casi reflejo usted lo apagó y se sentó en la cama porque, a diferencia de otros días, usted hoy iría a trabajar. Un trabajo chico para alguien como usted pensó pero en estas épocas  en que el trabajo escasea hay que aceptar lo que venga. Destruir el cantero se dijo mientras terminaba de desayunar y armar el bolso en el que usted prolijamente acomodaba cada una de las herramientas que utilizaría para esa tarea. Salió de su casa pero volvió sobre sus pasos para cerciorarse que efectivamente había dejado todas las luces apagadas y las llaves del gas y del agua  cerradas. Usted respiró aliviado al ver que todo estaba bien. Miró antes de abrir  la puerta de calle y volvió a mirar a todos lados antes  de cerrarla y definitivamente irse a derrumbar ese bendito cantero que al doctor Ochoa le desagradaba tanto. “Quita espacio” le había dicho y usted pensó “si a usted le parece doctor…” pero no dijo nada y se limitó a sonreír.  Usted caminó las cuatro cuadras hasta la parada con lentitud y se tocó tres veces el bolsillo de la camisa para comprobar que tenía la tarjeta SUBE y recordó que le había cargado veinte pesos el día anterior. Apresuró el paso cuando vio acercarse el 373. Usted no quería llegar tarde.
-Buenos días, doctor- le dije. Me saludó con el aire bonachón de siempre. Me dio dos o tres indicaciones y se marchó. Varios pacientes  lo esperaban ese día y estaba saliendo tarde. Me dejó las llaves como quien se las entrega a un amigo de toda la vida y se fue. “A esta hora el tránsito es terrible” me dijo “por eso prefiero ir en subte”. Usted pensó como era posible que un hombre como él se subiera a un subte viviendo donde vivía, haciendo lo que hacía y teniendo lo que tenía.
Fui al pequeño patio interno del departamento donde me esperaba el cantero, ese cantero que le quitaba espacio a ese minúsculo patio. Había sol pero no hacía calor ni frío, como nunca el pronóstico hoy la pegó pensó. Silencio. Mucho silencio. Increíble ese silencio estando en el corazón mismo de Buenos Aires a tan pocos metros del Obelisco.  El silencio se rompió cuando Roberto con mano fuerte tomó la maza y empezó a golpear, los primeros bloques cayeron con facilidad como si en realidad no fueran de hormigón. Golpeaba con fuerza y rítmicamente. El sudor le corría desde la frente y le humedecía los labios pero no quería detenerse quería terminar con esto que era la parte más pesada. Usted percibió un aroma extraño y no supo por qué pero recordó su niñez y el entierro de Gutiérrez, su perro, a quien tanto había llorado. Un escalofrío le recorrió la espalda y lo obligó a retroceder cuando mezclado con el olor que ahora era nauseabundo vio entreverado entre los escombros y los terrones de tierra algo que, aún con la vista nublada y la respiración agitada, parecía un cráneo humano.

___________________________________________________________________

En el cantero…

Percibís el eco de los golpes, primero lejanos, parecidos a todos los sonidos que se encadenan día a día, tarde a tarde, noche a noche. Sonidos que ya te cansaste de catalogar, de ordenar, de reconocer a tientas, a oscuras.
Estos golpes son distintos, los oís ahora más cercanos, resonantes. Te hacen temblar. Son golpes duros, fuertes; son mazazos, podés identificarlos a la perfección. Sabés exactamente cómo se ejecuta un mazazo, cuánta es la fuerza que debe impartírsele, cuáles son sus efectos. Tu cráneo quebrado lo sabe, lo entiende, aún lo sufre.
Ese ruido está compuesto de golpes perpetrados con una maza, sobre el piso ahora, tu techo. Fragmentos que se rompen, de cemento, otrora huesos tuyos. Alguien golpea con energía, rítmicamente, con profesionalismo. Alguien que no habla, sólo trabaja.
De pronto sentís cómo un rayo de sol raja la tierra, penetra la profundidad acariciándote las sienes. Una bocanada de aire te envuelve. Si pudieras, mirarías para arriba y, en medio de tanta tierra apelmazada por los años, descubrirías un minúsculo pasadizo que te comunica con el exterior. Si pudieras… Comprendés entonces que ya no hay cemento sobre tu cabeza y la tierra comienza a moverse, a diluirse, a escaparse de a montones.
Algo frío, duro, distinto a todo lo que experimentaste durante los últimos quince años, roza tu cráneo, de refilón, como sin quererlo, pero sin embargo reincide. Demasiado aire te envuelve de golpe, ese que imploraste con los últimos hilos de vida pero ya te resulta inútil. Aire que circula a través de tu cuerpo, entre tus huesos, pero sigue de largo.
Insiste en tocarte, te raspa, es duro, rígido, rajante; es un instrumento de obra, una pala. Te golpea suavemente, remueve la tierra de tu alrededor, te toca, te palpa, te menea, te sacude. El hombre que lo maneja se asombra, te das cuenta, pero se ensaña, se intriga, se apura, se urge; te rasga, te bambolea, se hunde, te hunde, se mueve, te mueve, se eleva, te eleva, te extrae, el aire, te llena.
Y él grita.

Ana, Andrea, Leticia

leer: