En
el cantero... (cuento colectivo)
Dios ¿como ocurrió esto? De la noche
a la mañana me convertí en un asesino. Pero yo no quería, ¿qué pasó? Con ella
nos llevábamos bien ¿o no? Mi cabeza gira, da vueltas, no entiendo, ¿qué hago,
dónde oculto esto? ¡Dios! ¿cuándo, cómo empezó? Esas discusiones eternas, esos
celos, los míos, los de ella. Tan frágil, tan
sola, tan mía.
Cuando nos conocimos su alegría nos
traspasaba, nos atrapaba y después, toda la amargura, ¡nos cubrió como una
sombra. ¡Dios! No tuve mas remedio, no me quedo otra salida. Nadie tiene que
saber lo que pasó.
Creo que el patio es un buen lugar. Debe
desaparecer, no quedar rastro, nadie debe darse cuenta…Qué dolor tan grande! pero
estaba atrapado, estábamos atrapados, nadie me va a entender… Tengo que
resolverlo, no deben quedar rastros.
Ya pasó un mes, cuando preguntan les
contesto que se fue, que me dejó. A la familia, que sentía nostalgia por su país,
que extrañaba…Algo adentro mío no me deja en paz…y crece como una hierba mala, diría
el tango.
¿Alguna vez tendré paz?
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El reloj sonó como cada mañana a las
seis y en un acto casi reflejo usted lo apagó y se sentó en la cama porque, a
diferencia de otros días, usted hoy iría a trabajar. Un trabajo chico para
alguien como usted pensó pero en estas épocas
en que el trabajo escasea hay que aceptar lo que venga. Destruir el
cantero se dijo mientras terminaba de desayunar y armar el bolso en el que
usted prolijamente acomodaba cada una de las herramientas que utilizaría para
esa tarea. Salió de su casa pero volvió sobre sus pasos para cerciorarse que
efectivamente había dejado todas las luces apagadas y las llaves del gas y del
agua cerradas. Usted respiró aliviado al
ver que todo estaba bien. Miró antes de abrir
la puerta de calle y volvió a mirar a todos lados antes de cerrarla y definitivamente irse a
derrumbar ese bendito cantero que al doctor Ochoa le desagradaba tanto. “Quita
espacio” le había dicho y usted pensó “si a usted le parece doctor…” pero no
dijo nada y se limitó a sonreír. Usted
caminó las cuatro cuadras hasta la parada con lentitud y se tocó tres veces el
bolsillo de la camisa para comprobar que tenía la tarjeta SUBE y recordó que le
había cargado veinte pesos el día anterior. Apresuró el paso cuando vio
acercarse el 373. Usted no quería llegar tarde.
-Buenos días, doctor- le dije. Me saludó con el aire bonachón de siempre.
Me dio dos o tres indicaciones y se marchó. Varios pacientes lo esperaban ese día y estaba saliendo tarde.
Me dejó las llaves como quien se las entrega a un amigo de toda la vida y se
fue. “A esta hora el tránsito es terrible” me dijo “por eso prefiero ir en
subte”. Usted pensó como era posible que un hombre como él se subiera a un
subte viviendo donde vivía, haciendo lo que hacía y teniendo lo que tenía.
Fui al pequeño patio interno del departamento donde me esperaba el
cantero, ese cantero que le quitaba espacio a ese minúsculo patio. Había sol
pero no hacía calor ni frío, como nunca el pronóstico hoy la pegó pensó.
Silencio. Mucho silencio. Increíble ese silencio estando en el corazón mismo de
Buenos Aires a tan pocos metros del Obelisco.
El silencio se rompió cuando Roberto con mano fuerte tomó la maza y
empezó a golpear, los primeros bloques cayeron con facilidad como si en
realidad no fueran de hormigón. Golpeaba con fuerza y rítmicamente. El sudor le
corría desde la frente y le humedecía los labios pero no quería detenerse
quería terminar con esto que era la parte más pesada. Usted percibió un aroma
extraño y no supo por qué pero recordó su niñez y el entierro de Gutiérrez, su
perro, a quien tanto había llorado. Un escalofrío le recorrió la espalda y lo
obligó a retroceder cuando mezclado con el olor que ahora era nauseabundo vio
entreverado entre los escombros y los terrones de tierra algo que, aún con la
vista nublada y la respiración agitada, parecía un cráneo humano.
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En el cantero…
Percibís el eco
de los golpes, primero lejanos, parecidos a todos los sonidos que se encadenan
día a día, tarde a tarde, noche a noche. Sonidos que ya te cansaste de
catalogar, de ordenar, de reconocer a tientas, a oscuras.
Estos golpes son
distintos, los oís ahora más cercanos, resonantes. Te hacen temblar. Son golpes
duros, fuertes; son mazazos, podés identificarlos a la perfección. Sabés
exactamente cómo se ejecuta un mazazo, cuánta es la fuerza que debe
impartírsele, cuáles son sus efectos. Tu cráneo quebrado lo sabe, lo entiende,
aún lo sufre.
Ese ruido está
compuesto de golpes perpetrados con una maza, sobre el piso ahora, tu techo.
Fragmentos que se rompen, de cemento, otrora huesos tuyos. Alguien golpea con
energía, rítmicamente, con profesionalismo. Alguien que no habla, sólo trabaja.
De pronto sentís
cómo un rayo de sol raja la tierra, penetra la profundidad acariciándote las
sienes. Una bocanada de aire te envuelve. Si pudieras, mirarías para arriba y,
en medio de tanta tierra apelmazada por los años, descubrirías un minúsculo
pasadizo que te comunica con el exterior. Si pudieras… Comprendés entonces que
ya no hay cemento sobre tu cabeza y la tierra comienza a moverse, a diluirse, a
escaparse de a montones.
Algo frío, duro,
distinto a todo lo que experimentaste durante los últimos quince años, roza tu
cráneo, de refilón, como sin quererlo, pero sin embargo reincide. Demasiado
aire te envuelve de golpe, ese que imploraste con los últimos hilos de vida
pero ya te resulta inútil. Aire que circula a través de tu cuerpo, entre tus
huesos, pero sigue de largo.
Insiste en
tocarte, te raspa, es duro, rígido, rajante; es un instrumento de obra, una
pala. Te golpea suavemente, remueve la tierra de tu alrededor, te toca, te
palpa, te menea, te sacude. El hombre que lo maneja se asombra, te das cuenta,
pero se ensaña, se intriga, se apura, se urge; te rasga, te bambolea, se hunde,
te hunde, se mueve, te mueve, se eleva, te eleva, te extrae, el aire, te llena.
Y él grita.
Ana, Andrea, Leticia
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