Coordina:
Flavia Krause
Prof. en Letras (UBA)
fkrause8@gmail.com
Lugar:
Centro Cultural Espacios
Witcomb 2623 Villa Ballester
011 4767-4213/ 4849-1257
info@ccespacios.com.ar
Participantes:
Ana María Giménez
Andrea Braccone
Leticia Gallo
Carla Millér
Marcela Muiño
Natalia González
Las otras aguas
Agua de vida
Hoy soy un ser reflejo del cielo, del cielo de
hoy, azul, intenso, con una misteriosa profundidad.
Me reclino en una cálida ráfaga en
el fondo de mi esencia que da vida a algunos seres imperceptibles de ayer.
La frescura de mi piel cubre el
remolino que se despliega atrevidamente en mi interior y atrapa a los
antiguos visitantes.
La experiencia de la cotidianeidad
de mi estancia calmada anula la extrañeza ante lo obvio de mi espíritu agitado.
La misma y distinta. Mansa y viva.
Sola y habitada.
Soy la eternidad desplegándose en
una poza por siempre jamás presente en el paraíso deseado.
Soy el agua que envuelve el tiempo
en la seguridad del presente inalterable y en el misterio imaginado que irrumpe
sin aviso previo.
Marcela
La ola
Llegamos y se me escapó de la mano.
Mi niña salió corriendo por la arena y se quedó frente al mar. No podía ver su
cara pero la adivinaba perpleja, con la boca abierta, con esa mirada perfecta
de niña que conoce el mundo cada vez. Vive intensamente, cada instante, cada
brisa, cada caricia del sol.
¿Habrá habido alguien que me mirara
así cuando tenía la misma edad? ¿Habrá habido una niña así que riera y riera y
se imaginara al mar como un gran monstruo que crece para comerte? "¿Dónde
está la niña que yo fui?", decía alguien que no recuerdo.
Las cosas más bellas del mundo son
las que se completan en una palabra sola, sin adjetivos: niña, mar, ola,
caracol, risa, susto, sonrisa, gotas, pies, manos, conchillas, risa, niña, ola,
mar, chapoteo...
Nos íbamos y volvió a mi mano. Mi niña quedó
caminando a mi lado y le dijo adiós al mar.
Carla
El capitán triste
En aquel pueblito pesquero del sur de la provincia, a la despensa-bar, único
lugar de encuentro, de charla, de intercambio, llega todas las tardes a tomar
un trago un viejo capitán, huérfano de barco. Dicen que en otros tiempos supo
ser el capitán de una goleta, muy grande, muy importante, con muy buenos aires.
Pero un día de esos de malos vientos para los navegantes, una tormenta terminó
encallando su querida embarcación entre las rocas de los acantilados.
El capitán no se resigna a su destino ni al de
su barco y todas las tardes, pegadita casi con la noche, marcha hasta aquella playa solitaria y, entre
lamentos, evoca a su vieja compañera de aventuras.
Dicen los que alguna vez lo
acompañaron, que más de una vez entre la bruma del atardecer vieron cruzar la
famosa goleta con sus luces encendidas y su velamen desplegado, casi un
fantasma, casi un alma en pena, buscando un refugio entre el oleaje furioso, o
un camino entre las rocas que las ayuden por fin a descansar.
El capitán, mientras tanto, con sus
lamentos, parece que le pide que venga, que lo rescate, que no lo abandone.
Pero la visión de la goleta es un instante y
después desaparece dejando solo al capitán con sus dolores y sus penas hasta la
próxima vez...
Ana
Desde el fondo de la poza
El agua se agitó y supe que estaban
de vuelta. Obligada a despertarme, me estiré en toda mi extensión y quedé en
estado de alerta. Las escamas se me tensaron y los ojos ya no se cerraron.
Estaba determinada: ésa sería la última vez que esa pareja humana ponía en
jaque mi tranquilidad. Allí arriba, en la tierra, hay tanto por recorrer, por
hacer, que no comprendía por qué ellos una, otra y otra vez insistían en
ondular las aguas, deformarlas, exasperarlas al punto de incomodar y
prácticamente expulsar a todos los seres que, con justa razón, moramos allí.
Las piernas danzaban, las de ella y
las de él, se entrelazaban, subían, volvían a hundirse, se impulsaban hacia la
superficie y caían nuevamente. Los brazos revoloteaban también, más
desgarbados, a veces bajo el agua, a veces en el aire. Dos cuerpos que parecían
uno, fundidos en abrazos herméticos, superpuestos, envolventes.
Agazapada esperé. Temía errar el
momento preciso y tirar por la borda el plan que los desterraría
definitivamente de mi hogar. Tanto esperé que el aire se hizo escaso para esos
dos seres jadeantes y el agua ya no servía de bálsamo para los cuerpos
enardecidos, al punto que se vieron obligados a salir a la superficie.
Podía oír que allí continuaban
hablando, de a ratos en silencio. No perdí las esperanzas ni me apiadé del sopor
que parecía ganarles.
Un duro impacto sobre mi longilíneo
cuerpo recrudeció mi sed de venganza. Un manojo de frías llaves arremetió una
vez más contra mí, pues no era novedoso que ese objeto cayera al agua, menos
por distracción que por saña.
Sabía lo que venía luego: la mujer
se zambulliría sola al agua, sus brazos abriéndole camino, convirtiéndola en
una liviana saeta que partía la calma en dos.
Tal como había podido anticipar, los
delicados dedos tantearon el fondo rocoso en busca de aquel objeto contundente
cuya marca quedaría grabada por siempre en mi cuerpo. Eran largos y finos,
parecían incapaces de dañar a nadie, pero no me dejaría confundir. Me acerqué
sigilosa, la observé, la dejé actuar, ilusionarse con recuperar el bien
preciado. Imaginé el rostro de él, aguardándola primero en calma, comenzando
luego a preocuparse. Ella acariciaba las rocas, el aire se consumía en sus
pulmones. Las llaves estaban muy lejos, sólo yo lo sabía.
Él arriba, seco, extenuado,
inquieto.
Ella en el fondo del lago, inocente,
perseverante, ignorante de lo que sucedería.
Y lo hice. Mi boca se abrió como una cueva
oscura y repleta de misterios. Mis dientes punzantes, mi lengua venenosa y mi
bronca contenida se clavaron en ese frágil dedo. Fue un instante, luego la dejé
ir.
Jamás volvieron, jamás supe más de ninguno de
los dos. Aún conservo el manojo de llaves oxidándose en las profundidades.
Leticia
Existencia
Como una ola de mar tímida, animada, fría, más tibia,
envolvente, distante.
En un transcurrir incesante en
tiempos medidos, precisos y en marcha a la eternidad.
Nunca se sabe del todo bien. Más
pronto que antes se detiene o se empodera en un avance que parece no tener fin.
En la soledad más plena o vacía se
entremezcla sin fronteras ni límites posibles.
Te envuelve en mil y una aventuras,
te atrapa en una sinfonía perfecta. Pero como una buena maga que domina el azar
te sorprende y llega la hora del desconcierto.
Se ve gigante y asusta, venciendo el
miedo a la infaltable contingencia.
De pronto renacen el valor y la
fuerza de la resistencia que construyen el sublime encanto del triunfo
esperado.
Creyendo haber ganado la
batalla me inclino ante la abundancia inesperada e insospechada hasta descubrir
que la ola no es más que la proyección de la suma de mis días.
Marcela
Otras lecturas de la borra del
café
Lectura
1
Las risas y la charla se fueron apagando ni bien las tazas
empezaron a quedar vacías. Me divertía mirar a esas mujeres que con solemnidad
inclinaba la taza hacia adelante y luego hacia atrás mirando a su alrededor como
si temieran equivocarse. ¿Qué imaginarían? ¿Que el universo se les vendría encima o su destino sería más
negro que el café si lo hacían mal? Sonreí y mis ojos se posaron en Clara que
al tiempo que me alcanzaba la taza me decía con su característica
espontaneidad.
- Sara, ¿tenés ganas?
Todas las
miradas se posaron en mí y la mía en la borra que se extendía en el fondo del
pocillo como si fuera una cadena montañosa.
- Claro- le
dije.
- Mmm... época
de cambios, mi linda Clarita. ¿En qué andás? Esperá, no
me digas nada. Estás con varias ideas revoloteando en la cabeza.- Sus ojos se
abrieron como platos pero no atinaba a decir nada -. Sos un espíritu libre. Te
encanta remontar vuelo aunque por lo que aquí se ve hay alguien que quiere
cortarte las alitas.
Casi no
pestañeaba y las mejillas le iban cambiando de color. Las demás no perdían una
línea del diálogo o del monólogo.
- No temas-le
dije-, las ventanas son muy grandes y nadie va a poder detenerte. Tus alas son
ágiles y tu ímpetu, feroz. Vas a salir y en lo que sea que emprendas te va a ir
bien.
- Pero... ¿y lo que dejo atrás?-preguntó impaciente.
- Lo que dejás
atrás en algún momento va a ser un punto minúsculo. Pará dejame terminar.
Tiempo al tiempo... los caminos se abren y abren distancias pero muchas veces
zigzaguean y vuelven a poner en contacto aquello que se pensó nunca volvería a
unirse. Quiero decir que van a volver a encontrarse y aquí se ve una sonrisa
así que intuyo que, como en las novelas, la historia va a tener un final feliz.
- ...
- ¿Si es cierto? ¿Si va a
ser así? Me hace reír tu pregunta Clara... es una borra de café, no es el
oráculo ni yo la pitonisa. Así que esa pregunta te la vas a tener que responder
vos.
Andrea
Lectura
2
- Sara, ¿tenés ganas? - y le mostró
la taza.
- Bueno, dale.
- Es que yo no quería pero sin
querer miré tu taza...
- Siempre la doy vuelta. Es una
costumbre que no me la puedo sacar de encima. En algunos bares a veces me miran
raro cuando la doy vuelta.
- Sara, callate un ratito y dejame
que te cuente porque...
- Sí, claro.
- Sh... Veo un nenito, mirá. Parece
un duendecito o un cosaquito. No sé, ese sombrerito me hace acordar a los
gorros rusos.
- Jaja, sos terrible. ¿Quién te
contó que me encontré con Boris?
- Nadie, quién me va a contar. ¿En
serio? ¿Dónde? No lo fuiste a buscar vos, ¿no?
- No, Mecha. Lo pasado, pisado. Para
mí murió el día que se casó pero...
- ¿Pero qué? Acá se lo ve solito
pero como liviano.
- No hay caso, nunca falla la borra.
¡No sabés la alegría que tenía cuando me vio! Me dijo que apenas volvió de la
luna de miel, se escapó. Confirmó todo lo que sus amigos le habían dicho y él
no quería ver.
- Es bastante ingenuo.
- No, Mecha, es muy correcto. La
mina esa lo engañó. ¿Te acordás que le dijo que estaba embarazada de él y por
eso me dejó?
- ¿Y para qué inventó todo eso?
- No sé, parece que no pudo soportar
verlo conmigo. Siempre pero siempre pensó que lo que yo tenía era mejor y...
- Pero además es mala mina, Sara. El
invento del embarazo es un recurso completamente fuera de moda. ¡No pasa ni en
las novelas de la tarde!
- Mecha, ¿no me ves a mí por ahí? ¡Lo
vi tan lindo!
- No, Sara, lo veo como explorando,
mirá: está como viajando o haciendo diferentes cosas que había dejado de lado.
Pero, si sale en tu taza debe ser que seguirá rondándote.
- Me pidió que nos veamos pronto.
- ¿Y? ¿Le dijiste que estás saliendo
con Diego?
- ¡No! Y ni se te ocurra contarle. A
Diego lo fleto hoy mismo.
- Guarda, que mejor pájaro en mano...
- Mecha, ¿no te gusta a vos?
- ¡Sara! ¿Qué pensás, que los hombres
son para intercambiar como figuritas?
- Dale, Mecha, en este caso es como
si te tocara repetida. Ya saliste con su mellizo...
- ¡Sos terrible!
Carla
Lo otro y lo cotidiano
Dos
días en la vida de Lucas
Día 1
Traté de llegar lo más temprano posible al
departamento para que mamá no se preocupara y me comenzara a invadir
con llamadas y preguntara e hiciera un seguimiento de mi persona. Recuerdo
haberle dicho mil veces que no iba a pasar nada, pero su mente estaba tan
manipulada por la televisión… Se preocupaba más por mis sesiones en
el psicólogo que por otra cosa. Pensaba que estaba loco y
dudaba que nadie más lo pensara en el edificio. Mi mamá era tan chusma y un
poco exagerada. Yo no iba al psicólogo igualmente. Que
otras personas digan que soy loco por mi forma de pensar, porque no aprobé el examen psicotécnico, entre otras
cosas, no quería decir que lo fuera. Temía que si fuera a ese
lugar, mi mente cambiara poco a poco sin darme cuenta, y perder la noción de todo lo que había descubierto.
Me subí a la vereda de un
salto con la patineta y aminoré la velocidad a medida que me acercaba a mi
destino, hasta que coloqué mi pie derecho para frenar completamente. En
el edificio zumbaba una energía extraña, pesada: hoy parecía haber ocurrido algún acontecimiento extraño.
Reposé mi mano sobre la
manija de la puerta pero algo captó mi atención al instante. Por la
vereda de enfrente pasaba una rubia impresionante con el típico equipo de gimnasia
para correr por las tardes. Me quedé atontado por unos
minutos sintiendo cómo se me iba secando la garganta a medida que
pensaba cuántos hijos le haría.
Recogí la patineta y entré. El portero me miró, me sonrió y me saludó, pero rápidamente siguió con lo suyo. El
ambiente estaba cargado de tanto que no comprendía. En el pasillo parecía haber una reunión bastante interesante,
y todos con sus caras preocupadas y hablando al mismo tiempo…
Entre
todos mis vecinos, mi mamá se acercó a saludarme:
-
Luquitas, mi amor, llegaste – me besó la mejilla.
La
saludé al igual que a todas las demás vecinas. Me sentía intimidado por la
hermana gemela de Florencia de la V., o
el hermano… Sin preguntar nada más, me encaminé al departamento, no
quise preguntar qué había pasado: el ambiente
estaba tan cargado que me asfixiaba completamente.
Día 2
Pasar casi las
veinticuatro horas dentro del departamento me aburría. De la televisión pasaba a la
computadora y de la computadora a la televisión. Mamá se había enterado de todo.
Cierto día, por la tarde, yacía recostado contra el
cuerpo de un árbol disfrutando de mi libertad. Mamá salió a comprar, al parecer,
tenía ganas de caminar al
centro aquel día, y me vio. Me retó en mil idiomas
diferentes, hasta lloró. ¡Siempre tan exagerada mamá! Cuando volvimos al
edificio esa tarde, mamá habló con la psicóloga que se encontraba
viviendo un piso más arriba del nuestro, y ésta se ofreció como suplente del
anterior.
Me levanté de la cama. Harto del
departamento. Recogí mi campera, listo para salir, ya que mamá se había ido a hacer más trámites al centro. En
cuanto fui a buscar la patineta al comedor, me encontré con un papel sobre la
mesa. Una fotocopia en realidad, y la copia original. Supuse era de mamá, ya que éramos dos los que habitábamos allí.
Solo por chusmear, me
senté en el sillón y comencé a leer la fotocopia.
Se trataba de alguien que parecía deprimido, unos problemas que no estaban
del todo esclarecidos, y repetía siempre el mismo nombre: José. José esto, José aquello. Quizás fueran fantasías de la del 2B… o del señor del 2B. Me reí de lo idiota que había sonado aquel chiste y
continué leyendo. Por la forma de expresarse, diría yo que se trataba de
una chica. Y pronto recordé a la misteriosa mujer que se había mudado hace poco.
Mamá entró justo al departamento.
Me erguí y le pregunté:
- ¿Qué es esto?
No me respondió y con nerviosismo me
sacó la fotocopia de la
mano. Por la puerta entreabierta pasaba justo Carolina, la señora del 3A, avisándole a mi mamá que el té ya estaba preparado y
las vecinas también.
- ¿Sacaste fotocopias para
repartir con los demás vecinos?- pregunté, incrédulo.
- Sí, creemos que se trata
de esa mujer nueva y oscura…
- Ustedes porque
quieren chusmear – le dije.
Ella puso excusa y
exageró, como siempre, diciendo que se podría tratar de alguna
terrorista o narcotraficante.
- Pobre mujer. Lo que
se va a tener que bancar – contesté.
Aunque, de un modo u
otro, llamaba muchísimo la atención.
- Ma, ¿me regalás una fotocopia? – fue lo último que dije antes de
salir.
Natalia
Vecino, vecina
Otra vez esos sonidos
persistentes que salen de la casa de su vecina, la del 102, atraviesan el
pasillo y pasan a su casa. Y allí se instalan. Se quedan. Persisten. Se
multiplican. Se tridimensionan. Y ahí están de nuevo, ¿los
escuchan?
Pega el ojo a la puerta.
Nada. El pasillo. La otra puerta. El 102. El misterio. Siente que va a
enloquecer si esto sigue. ¿Cómo puede hacer tanto ruido
una sola persona? Porque ella vive sola. Eso lo sabe, se lo confirmó el
portero. Ahí están otra vez. ¿Los escuchan? ¿Qué encierra allí adentro que hace tanto ruido? ¿Qué extraños hechizos realiza? ¿Será
una bruja acaso?
Basta ya. Debe hacer algo, no puede pasar una noche más
sin dormir. Esto no puede seguir. Porque si sigue él va a enloquecer. De eso no
duda. Y él quiere conservar el gramo de cordura que le queda, de eso está
seguro. Por eso abre la puerta, cruza el pasillo temblando a través del ruido.
Golpea la puerta del 102 con decisión. Ella abre. Y él sin más la increpa:
- ¿Qué tiene encerrado en su
departamento? ¿Un rinoceronte?
Ni bien terminó de pronunciar la última palabra supo que
estaba diciendo el disparate más grande del mundo. Ella sonríe pensando la
mejor respuesta pues se pregunta cómo su vecino del 101 con el que nunca habla
acaba de descubrir su más preciado secreto.
Andrea
Escenas en la comisaría
Una escena:
- Vengo a hacer una denuncia - dijo
ella -, ¿quién me la toma? Mire, agente, tengo que... vengo a hacer una
denuncia de... Mire, el dueño del hotel donde vivo con él - señala al señor
parado al lado -, mi pareja, es que... bueno, todo empezó ayer que él estaba
arreglando el auto y este señor lo encaró porque había tomado y... nos sacó la
llave, tiene las cosas nuestras y pagamos hasta el quince y...
- Siéntese por allí, señora, ahora
lo vemos.
¿Por qué la miré? Quizás porque
hablaba fuerte y era gorda, con los dientes manchados, el pelo descuidado,
tenía unos sesenta años - pero yo no suelo acertar con la edad de las personas -
tetas grandes, ropa ajustada, colorida pero descolorida, con pollera y
zapatillas deportivas, bajita, arremetedora, de voz ronca, fea.
Otra
escena:
Afuera fumando. Fumando así como
tragando el cigarrillo, soplando para arriba, con nerviosismo, nada elegante.
- Te dije, te dije ayer que nos
fuéramos. ¿Le dijiste que nos diera la guita? Yo no entiendo.
- Pero… (incomprensible) - dice él
por lo bajo y agacha la cabeza.
¿Qué me importa?
Nada, pero quise imaginármelos, en
la cama desnudos, con las tetas caídas, mucho maquillaje, él con mucho olor a
vino, ella con mucho olor a perfume barato.
No pude, no puedo entrar.
Carla
Ellas
Encuentros... lugar de encuentro.
Cercanías y distancias que se
acortan para disfrutar el placer de las similitudes.
Madre, esposa, amante... tan
diferente. Una y muchas en un mundo concentrado y unívoco.
Los niños y un feliz cumpleaños. Muy
feliz y decisivo en la hora del encuentro.
Niños felices que corren
desesperadamente ante la mirada invisibilizadora de ellas, sus madres.
Madres firmes en sus bien instaladas
costumbres. Bellas en sus esferas. Contundentes en sus decisiones.
Y ellos, los niños... corren.
Y de repente surgen como ráfagas
movilizadoras las contradicciones: caridad individual, acciones colectivas, la
hegemonía del cuerpo perfecto frente a la esencia espiritual que angela.
Y ellos, los niños... corren.
Y como un vendaval llega el límite
del tiempo que marca el fin del esperado encuentro.
Y el feliz cumpleaños se hace canto...
los niños ya no corren.
Y ellas, las madres, esposas y
amantes, cierran su círculo y su tiempo. Y los sentimientos conspiran,
sobrevuelan o simplemente acechan.
Vacío, triunfo,
completud o simplemente el eterno agradecimiento por la escucha. Marcela
En un bar
Y pensar que le insistí tanto a Raúl
para que me recomendara. Las ganas que tenía de entrar allí a trabajar. Una
cuadra de casa, horario de corrido por la tarde, la facu a la mañana, la novia
a la noche. Los pibes son bárbaros, nos cagamos de risa. Trabajamos duro, sobre
todo ahora, en vacaciones de invierno pero, no sé, me pasa algo.
Pienso en Anto todo el día. Ella
terminando el secundario, con clases de batería con ese pibe que no me banco.
Claro, a ese lo tengo calado. No le hace asco a nada, no tiene códigos. Ya me
dijeron: "Cuidate porque a ese pibe no le importa nada, ni que tenga
novio, ni que sea fea, ni a las casadas perdona". Parece que tuvo un
despelote importante con su mejor amigo: se metió con la madre. Ella está
separada y sí, se operó las lolas, va al gimnasio y todo eso, pero no podés...
Anto siempre me contaba de sus
clases y yo, con cara de circunstancia, "Ah, sí, ¿estuviste practicando
ese ritmo?" Como para que no me deje de contar y saber qué pasa. Pero el
fin de semana me contó que este desgraciado le dijo que fuera dos veces por
semana en un lugar de una para practicar más para una muestra y yo, con cara de
nada. Lo peor es que me doy cuenta de que algo le pasa y no me animo a preguntarle
nada. No es que no quiera saber, es que, no sé, no me animo a escucharlo.
- Sí, sí, ya te doy el pedido y
cierro mesa cuatro.
(¿Se darán cuenta de que estoy en otro lado?)
Me estoy muriendo, me siento atado de pies y
manos. Hasta me da por pensar que me voy a enfermar de tanta angustia. Anto es
tan, tan, tan como inocente... y este pibe como un lobo. ¿Puede ser que sea el
único profesor de batería de Ballester? ¿Por qué no le habrá gustado otro
instrumento?
Carla
Las otras voces
Es cuestión de animarse
Su corazón
empezó a latir desbocado pues hubiera jurado que el picaporte había girado. Se
dijo a sí misma que todo era producto de su imaginación mientras se tapaba la cabeza
con la sábana. Ahora le latía todo el cuerpo y aunque tenía los ojos más
abiertos que nunca, sólo podía distinguir las princesas pintadas en la sábana.
Transpiraba. Temblaba. ¿Es ella? Escuchó que
preguntaban y definitivamente supo que había alguien. ¿Para
qué querían entrar en su cuarto de ocho años? Debía descorrer la sabana, si
había una respuesta, estaría allí, del otro lado. Era sólo cuestión de
animarse.
Andrea
Las luces
Una
vocecita preguntó: ¿Es él?
La ventana había quedado abierta,
era verano y el calor agobiante lo permitía.
Unas luces, en forma de corona
giraban y giraban en el cielo, intentaban bajar al jardín oscuro a esa altura
de la noche una y otra vez.
De a dos, de a tres, formaban filas
y también bailaban a un ritmo propio que hacía pensar en una música extraña.
La ventana de Juan era una
invitación.
El niño dormía plácidamente y sus
sueños trataban de seres extraterrestres, que lo invitaban a visitar otros
mundos, otras galaxias, otras vidas, otras dimensiones.
Las luces giraban, subían, bajaban,
susurraban, susurraban... cuanto más giraban más soñaba Juan.
Un movimiento, casi imperceptible, y
las luces emprenden la retirada.
Juan se sobresalta y llama:
-Mamá, ¿me cerras la ventana por favor?
Ana
Reflejo
El
rincón más solitario de la habitación me invitó a compartir con él mis secretos
y sollozos. El silencio me acurrucó. Buscaba estar sola, pero ahora que lo
había conseguido, no estaba tan segura...
Entonces la vi. Levanté apenas mi
ojo izquierdo del brazo donde reposaba mi cabeza y me encontré con su mirada,
de reojo, como si me espiara, alzando su ojo derecho del brazo donde reposaba
su cabeza. Me vio y se asustó. Y yo me asusté de su susto. Las dos quedamos
boquiabiertas. Tardamos en mirarnos sin recelo; hicimos girar primero nuestras
miradas, nos contoneamos a un costado y al otro hasta ganar un mínimo de
confianza.
Paulatinamente, fui sintiendo que
ella ya no era una amenaza. Sonreí y ella sonrió, apenas, una sonrisa tan
parecida a la mía. Parpadeé y ella parpadeó y después dejamos las dos los ojos
muy abiertos como queriendo meternos cada una en el cuerpo de la otra; nos
miramos profundamente hasta entendernos.
Descubrí entonces que podíamos ser
amigas. Le tendí la mano para invitarla a jugar y al unísono ella me tendió su
mano. Nos reímos las dos de la coincidencia, a carcajadas, las suyas sonaban
tal como las mías. Sentí su mano fría, como la mía, frágil y blanca, de dedos
delgados. Me gustó tomarla y a ella le gustó que yo la tomara y a la vez ella
tomar la mía.
Me impulsó para su lado mientras yo
la tironeaba para el mío, levemente. Bailamos, hacia un lado, hacia el otro,
hacia delante, hacia atrás, giramos y nuestros vestidos se inflaron como
campanitas. Eran idénticos los dos, el de ella brillaba apenas más que el mío,
creo. Cantamos mientras nos movíamos, su voz y la mía superpuestas casi
parecían una.
Noté entonces que aquel rincón
solitario había dejado de serlo, había olvidado mis secretos y sollozos.
Reí. Y ella rió. ¿Entendería ella mi
pesar, ese que me estaba enseñando a correr a un lado? ¿Sabría algo de la
tristeza, tan alegre que se la veía? ¿Lloraría a veces, a escondidas?
Preferí no saberlo y me acerqué a
abrazarla. Extendí mis brazos y ella, que me comprendía como nadie, extendió
los suyos. Nos abrazamos. Le dije al oído esos secretos que sólo la soledad
conocía hasta entonces. Ella me contó los suyos y yo le prometí que los
guardaría por siempre.
Nos alejamos, con promesas de
encontrarnos nuevamente. Caminé unos pasos dándole la espalda. Cuando giré para
ver si ella seguía allí, la descubrí yéndose también; ¿a dónde iría? Pero, como
yo, se había volteado para ver si yo la observaba. Nos saludamos con la mano,
yo con la derecha, ella con la izquierda.
Algún día nos volveríamos a ver... Leticia
El antifaz
El hurto de aquel anillo
engarzado en platino transcurrió la misma mañana en que cinco adolescentes
robaban un millón de euros de la caja fuerte. Uno de ellos llevaba sobre su
rostro un antifaz violeta y según cuentan vecinos de la zona, no es la primera
vez que presencian un asalto de ese tipo. Esto generó mucho escándalo por el
barrio e inclusive cerca de la presidencia. La gente se reunió a altas horas de
la noche con cacerolas y otros elementos pidiendo la seguridad que les había
sido negada hacía tiempo, así lo describieron ellos.
Al ser detenido uno de los
cinco miembros de la banda, confesó haber transcurrido parte de su vida en un instituto
de menores pero logró huir con algunos compañeros después de asaltar junto con
ellos a la máxima autoridad y obligarlos a otorgarles su libertad. Éste confesó
ser cómplice del joven.
Se hicieron famosos por
sus golpes a los bancos alrededor del país y ascendieron en un ranking de los
robos más improbables hasta toparse con el décimo puesto. La gente teme por su
vida y su familia. Se publicaron más de cincuenta noticias de ellos, lo que
lleva a que los vecinos se pregunten dónde se encontraba la policía al tiempo
que transcurrían aquellos famosos hechos. Quizás fueron las aventuras más
increíbles que esos chicos podrían haber vivido en su vida, las hazañas más
asombrosas, dado que, si bien fueron detenidos dos de ellos, éstos salieron a
los pocos días tras sobornar a los federales.
Asombrosamente se
descubrió una estatua con un antifaz violeta al norte de la provincia, igual al
del miembro del grupo, luego que este fuera dado por muerto al chocar
alcoholizado con su BMW contra aquella misma estatua. Sus compañeros parecen
estar de luto todavía, puesto que no hubo más quejas sobre hurtos a joyerías o
bancos. Sus ataques se inmovilizaron por meses y años, y según algunas fuentes
confiables estos decidieron comenzar una nueva vida en el extranjero.
Los vecinos, perturbados
con la idea de que esta muerte no fuera la responsable de la caída de la banda,
se preguntan todavía: ¿será este el final?
Me deshice del diario
sobre mis manos, arrojándolo al tacho de basura y con una sonrisa triunfante le
comuniqué a mi compañero que el plan había resultado un éxito.
Natalia
Las otras historias
La carta
Querida mamá:
¿Cómo estás? No te
preocupes, yo, bien. Debés estar pensando qué me pasó. Yo, tan reacia con la
lapicera, escribiéndote una carta. Sobre todo en la era de las computadoras y
los mensajes de texto esto parece como un poco antiguo. No sé, será que el otro
día paseando por este, mi nuevo barrio, vi una sucursal del correo y ahí,
parada frente a él, me trajo tantos recuerdos y una nostalgia enorme. Me acordé
cuando recibías las cartas de la abuela y de la tía Elena. Me conmovía tanto
ver tu cara, a veces de alegría, a veces de tristeza, recorriendo ansiosa esas
hojas. No te voy a decir que no me asustaba un poco cuando a escondidas veía
que se te escapaba alguna lágrima. Nunca te lo pregunté pero me imagino que algunas
serían de alegría, otras de tristeza y muchas otras pero muchas otras, de nostalgia.
Creo que ahora ya me volví una experta en el tema.
Bueno, la cuestión es que,
no sé, será la distancia, o que me pareció más cariñoso y además que te puedo
contar más cosas sin la frialdad de la tecnología, que me decidí y acá me
tenés, lapicera en mano, escribiéndote sobre cómo me está yendo, sola, y tan
lejos de vos y de casa.
No, no te vayas a creer
que me arrepiento. Tenías razón cuando me decías, y no con poco dolor, qué
significaba separarnos, que necesitaba nuevos aires, que las oportunidades
estaban acá, en Buenos Aires, pero la decisión no fue fácil para mí, y mucho
menos para vos.
Acá estoy bien. La pieza
es linda, aireada, luminosa, y además, esto también es un barrio, no demasiado
diferente al nuestro. Eso me ayuda a no extrañar tanto. Sólo me harían falta
tus matecitos a la mañana o algún que otro guisito y nuestras charlas, sobre
todo eso, nuestras charlas.
Creo que pronto voy a
poder ir un fin de semana, o mejor... ¿no te gustaría
venir?
Mami, tengo una buena
noticia: conseguí otro trabajo. En el centro, como yo quería. Pagan mejor y son
menos horas. El que tengo ahora, no está mal, la dueña es muy buena y como sabe
que estoy sola siempre me regala algo o me invita algún fin de semana a su
casa. Pero esto es otra cosa, me gusta mucho el lugar. Además ya me estuve
fijando los alrededores y encontré un lugar para hacer alguno de esos cursos
que a mí tanto me gustan y que siempre me quedaron pendientes. Tengo ganas
también de iniciar algún negocio por mi cuenta, bueno en este nuevo lugar hay
muchos locales de ropa y tengo algunos pedidos de amigas y vecinas del barrio.
¿Qué tal mami? Tu hija toda
una empresaria. Bueno no sé si tanto, pero estoy muy entusiasmada.
Como te explicaba todo
esto por mensaje de texto o con el celular me hubiera resultado imposible.
Bueno, ahora preparate,
viene lo mejor: detalles de mi vida personal. LUIS. Creo que ya te hablé de
Luis, ese chico tan simpático, cara linda, boca linda, dientes lindos, como
siempre te digo que me gustan a mí. Lo conocimos en ese lugar que te comenté la
vez pasada, donde fuimos a bailar con las chicas, mis amigas de acá, la Flor y
la Lucy, ya las vas a conocer y te van a gustar. La Flor es más tranqui, muy
trabajadora y muy seria. La Lucy un poco alocada pero en el fondo entre la Flor
y yo la calmamos y siempre que salimos la terminamos pasando re bien. Son una
gran compañía. Pero volviendo al tema de Luis, además de la sonrisa, la boca y
los dientes tiene algunas cositas que... pero bueno, perfecto no hay nadie. ¿Lo podré cambiar? No sé, esas cosas que nos proponemos las
mujeres.
Mami, te tengo que dejar,
ya es hora de ir al trabajo nuevo y como te imaginarás no quiero llegar tarde,
pero anotate esta fecha, porque hoy comienza una nueva etapa en mi vida: 22 de
febrero de 2012, no puedo perder el tren que llega a Once 8 y 30. Un besito
mami.
CLAUDIA
No hay comentarios:
Publicar un comentario